Sentí un frenazo. El taxista resopló.
- Mierda de niño-dijo.
Al asomarme vi la calle llena de triángulos brillantes. Eran los pedazos de espejos rotos. No sé cuántos había pero por los marcos sí sé que había muchos. Era el jardín de una casa grande, y un señor estaba agachado recogiendo los cristales del césped con mucho cuidado. No ví a ningún niño.
- ¿Qué niño?-pregunté.
- El que ha montado este estropicio, digo yo-e hizo un gesto de cabeza mientras giraba el volante para comenzar la mancha esquivando los brillos del suelo.Con cada nueva vuelta se oían los crujidos de las ruedas y el cristal.
A la derecha en el porche de la casa una mujer de pelo largo me miraba asomando una sonrisa triste, como si me pidiese perdón. Abrazada a ella y con cara asustada, un niño separó su cara de la falda de su madre y se puso a mirar cómo el hombre recogía los triángulos. Al fijarme bien vi que su cara no era normal. La mitad de su cara tenía esa piel de los quemados, de un color anaranjado y marrón completamente estirada con pequeños bultos y estrías. La madre le decía algo en voz baja y le acariciaba la espalda.Casi sentí ganas de avisar al taxista para que viese la cara del niño y entendiese lo que había pasado, pero no sé por qué me callé. El niño tenía una mueca deformada y triste. Creo que sollozaba.
La marcha comenzó y crujió de nuevo el suelo. Nos alejamos de la casa.
- Mierda de niño-dijo otra vez el taxista.
Y yo no supe dónde no mirarme.
21 febrero, 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)